Bruselas desde Atomium

Bruselas, algunas decepciones de la capital belga

Pocas veces me ha ocurrido, visitar una ciudad y marcharme con una sensación de vacío, una mezcla de decepción e indiferencia.

Creo que la primera vez que me pasó fue cuando visité Bruselas. No sé si esperaba demasiado de ella, si se debió a que estaba un poco pachucha, o si era porque, en ese mismo viaje, había visto ciudades tan increíbles como Berlín que hacían que Bruselas fuese el patito feo del itinerario.

He de confesar que, años más tarde, en una segunda visita a la ciudad, me gustó un pelín más, pero tampoco para tirar cohetes.

Puede que Bruselas sea una de esas ciudades que yo llamo “de cocción lenta” y que, por desgracia, yo aún no haya podido dedicarle el tiempo suficiente para encontrar su gran encanto y esencia propia.

Aunque en mi segunda visita a la capital belga la ciudad me pareciese algo más atractiva, algunas de mis opiniones respecto a ciertos símbolos de la ciudad no han cambiado en absoluto. Sigo pensando que son bastante decepcionantes y creo que es interesante compartirlo. Así, si viajas a Bruselas, a ti por lo menos no te pillará desprevenido.​

Bruselas: un cúmulo de decepciones

Bruselas atomium

El Atomium – Impresionante por fuera, decepcionante por dentro

La arquitectura y la fama de la que goza el Atomium de Bruselas llevan fácilmente al engaño.

El que fuera símbolo de la Exposición Universal de Bruselas en 1958, es en la actualidad una especie de sala de exposiciones. Así, por las diferentes esferas de la estructura se distribuyen exposiciones tanto temporales como permanentes.

Atomium de Bruselas

A priori puede sonar interesante, pero lamentablemente, a mí me pareció tremendamente aburrido e inútil. No sé si coincidió casualmente que las exposiciones disponibles cuando yo fui eran un mojón, o si es siempre así.

En cualquier caso, para lo que ofrece, la entrada no es precisamente barata, puesto que cuesta 12 euros. Antes de llegar a la tercera "bola", ya me estaba arrepintiendo de haberme gastado ese dinero.

Si acaso se salva por las vistas, pero si costase 3 euros o fuese gratuito entrar al dichoso Atomium.

Por lo tanto, desde mi experiencia y opinión totalmente personal, sería algo que no recomendaría. Para mí, lo único que realmente mereció la pena fue la vista exterior de la estructura, que sí que tiene algo de encanto y es bastante impresionante.

El Manneken Pis de Bruselas – demasiado famoso para lo que realmente es

El hombrecito que orina, eso significa en neerlandés y eso es, el Manneken Pis. Escondido en una callejuela, enjaulado en una esquina de la misma, se encuentra uno de los iconos más conocidos de la ciudad de Bruselas y de todo Bélgica.

Manneken Pis de Bruselas

El Manneken Pis parece tener mucha historia tras de sí, pero, sinceramente, a mí me pareció una birria.

Como comentaba, el enclave no tiene absolutamente de especial, y la estatua del niño meón es bastante fea, además de diminuta.

Para colmo, la pequeña callejuela se abarrota de turistas que quieren hacerle una foto al emblemático chiquillo de metal, que ni si quiera es la estatua original, sino una réplica.

No quiero ser superficial ni ningunear la historia que la estatua lleva a sus espaldas pero, de verdad, que no me transmitió absolutamente nada: ni asombro, ni admiración ni nada de nada.

Atomium y Manneken Pis comparten su protagonismo como símbolo de Bruselas con la Grand Place, lo cual me parece bastante injusto para esta última, una plaza preciosa que sí merece la pena visitar.

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