Cárcel de Iwahig

La privación de libertad. Visita a la cárcel de Iwahig

La privación de libertad es uno de los peores castigos que cualquier ser vivo puede sufrir.

A diario vemos u oímos historias sobre personas que han cometido algún crimen y que, en consecuencia, son encarcelados. Parece que estamos acostumbrados a digerir esa privación de libertad sin que nos produzca el más mínimo efecto. De hecho, cuando se trata de crímenes serios y/o atroces nos alegramos y nos sentimos aliviados de que el o los culpables acaben presos en alguna cárcel.

Sin embargo, no somos tan impermeables a las emociones que genera ver a un ser humano, aunque sea culpable de sus crímenes, privado de libertad. Al menos yo no lo soy, tal y como pude comprobar en uno de mis últimos viajes.

Visita a la cárcel de Iwahig

En la Ciudad de Puerto Princesa (Palawan, Filipinas) existe un lugar tan extraordinario como estremecedor, que encierra tras sus muros incontables lecciones de vida. Lecciones que valen su peso en oro y que difícilmente pueden aprenderse desde nuestra vida cotidiana.

Se trata de la Prisión y Granja Penal de Iwahig.

Esta cárcel filipina es diferente a muchas otras por numerosos motivos, pero uno de los más llamativos es que puede ser visitada por cualquiera que lo desee.

Cuando supe de este lugar, he de confesar que la curiosidad me cegó. Jamás había conocido o sabido de una prisión que fuera a la vez un “punto turístico”, así que tenía totalmente claro que lo quería ver con mis propios ojos.

Sin embargo, esa ceguera causada por la curiosidad no me dejó reflexionar sobre la realidad que allí me iba a encontrar. Probablemente por eso, la primera toma de contacto fue un shock inesperado.

Tomando conciencia de lo que supone la privación de libertad

Tras pasar un control en el que, tanto nosotros como el conductor de nuestro triciclo, tuvimos que dejar un documento de identidad, empezamos a adentrarnos en la cárcel como Pedro por su casa.

Nadie venía con nosotros para controlarnos, ni nos dieron instrucciones. Jojo, el conductor del triciclo, estaba tan perdido como nosotros y no paraba de repetirnos que ese no era un sitio al que fueran los turistas habitualmente.

Paró en la primera edificación que se encontró, y ahí llegó el shock.

Era la zona de internamiento de los presos de seguridad mínima. Nos recibió un señor, también prisionero pero que no estaba encerrado en el edificio, que nos saludó sonriente y nos invitó a subir a la torre de vigilancia.

El emplazamiento consistía en un patio, separado del exterior por unos muros no muy altos coronados por vallas de metal, con una edificación al fondo donde había puertas que imagino daban acceso a las celdas de los presos. La torre de vigilancia se situaba delante de la entrada a esta zona de internamiento y permitía visualizar la totalidad del patio.

Antes de subir a la torre, la única separación entre los presos y nosotros eran las vallas metálicas y nada les tapaba la vista. Por ello, en cuanto nos vieron llegar enseguida empezaron a hablarnos todos a la vez, saludando, preguntándonos de donde éramos…

Una vez en la torre nos empezamos a sentir abrumados. Los presos seguían hablando todos a la vez y no dábamos abasto.

Nos pedían que les compráramos galletas y el “preso carcelero” nos decía que se las podríamos dar una a una a los que quisiéramos a través de la reja. Sonaba como si nos ofreciera alimentar a un mono de feria.

También nos lanzaban camisetas como las que llevan ellos mismos y que venden a modo de souvenir para sacarse un dinero extra. Otros nos pedían que les lanzáramos cigarros.

Todas esas voces reclamando nuestra atención, tantas peticiones a la vez y la visión de estar en alto observándolos agolpados a nuestros pies privados de su libertad hizo que por un instante nos sintiéramos sobrepasados. Por un segundo creímos que estábamos en un zoo humano, algo que resultaba demasiado desagradable. Y es que, no veníamos mentalmente preparados.

La cara amable de la cárcel de Iwahig

Cárcel de Iwahig

Salimos de esa zona un poco aturdidos, pero nuestra siguiente parada nos dio un respiro y empezamos a ser conscientes de lo enriquecedora que podía llegar a ser esta visita.

Nos volvimos a montar en el triciclo de Jojo y nos adentramos por unos caminos de tierra hasta lo que viene siendo la plaza central de la cárcel.

En esta zona de la prisión de Iwahig fue donde pudimos empaparnos de la esencia de este lugar, en el que se defiende que, para que aquel que ha cometido un crimen pueda reinsertarse en la sociedad, ha de vivir de la forma más similar a la libertad.

Para llevar a cabo esa filosofía, aquellos presos con condenas de por vida, o relativamente largas, que hayan demostrado buen comportamiento y arrepentimiento de sus crímenes abandonan sus celdas para vivir en el exterior.

No llevan cadenas ni viven entre rejas. Pasan al aire libre tantas horas como deseen. Se podrían escapar fácilmente si quisieran, pero saben que el Estado les está brindando una segunda oportunidad y ninguno quiere desaprovecharla.

Los presos de seguridad mínima que viven “libres” tienen sus propias casas, que muchos de ellos comparten con su familia.

Acuden a trabajar todos los días, llevando a cabo numerosas tareas dentro de la prisión: venta de souvenirs, mantenimiento, construcción, etc.

Como si de cualquier pueblo se tratara, los presos se paseaban por la plaza central sumidos en sus quehaceres diarios. Muchos se movían en bicicleta y se paraban a saludar, conversar o pedir un cigarrillo.

No muy lejos de la plaza, a mano izquierda, se sitúa una humilde pero bonita iglesia, rodeada por un cuidado jardín, mantenido por los propios presos de Iwahig.

Custodiando la plaza central hay dos edificios. En uno de ello, el Recreation Hall, es donde los presos venden sus manualidades y artesanías, con el fin de conseguir un dinerillo extra.

Recreation Hall Cárcel de Iwahig

Allí pudimos charlar durante bastante rato con un preso muy amable que nos atendió de maravilla. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando nos contó que el llevaba preso 27 años. Veintisiete. Casi la totalidad de mi vida.

Aún le quedaban 8 años de condena y, aunque la resignación quedaba reflejada en su cara, nos aseguró estar feliz de vivir en la cárcel de Iwahig. Un penal que le permite ser, de alguna forma, libre mientras cumple condena.

En definitiva…

Tras el shock inicial, nuestra visita a la cárcel de Iwahig se convirtió en una de esas experiencias que jamás se pueden olvidar. Las conversaciones con los presos, su estilo de vida, libre pero sin libertad, y todo lo que allí vimos me hicieron comprender y valorar muchas cosas.

Creo que esta es una visita indispensable para todos aquellos que pasen por Puerto Princesa. Además de interesante y enriquecedora, creo que es muy educativa.

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