la sirenita de copenhague

La verdadera historia de La Sirenita

Si alguien dice “La Sirenita”, la gran mayoría pensamos primero en Ariel, la famosa pelirroja con una brillante cola verde que Disney llevó a la gran pantalla.

Sin embargo, existe otra sirenita que también goza de gran fama y que seguramente casi cualquier viajero conoce; se trata de La Sirenita de Copenhague.

Aunque película y escultura tienen un mismo origen, el cuento de La Sirenita, la conocida escultura danesa no se corresponde con el feliz final de Ariel.

Junto a la sirena no aparece príncipe alguno, ni tan si quiera tiene una sonrisa dibujada en sus labios. Por el contrario, escenifica el verdadero final de la protagonista del cuento de hadas que inspiró tanto el largometraje de Disney como la estatua más famosa de Dinamarca.

La verdadera historia de La Sirenita

Como en casi todas (o todas) las películas de la factoría Disney, la historia acaba con un final feliz en el que Ariel y el Príncipe comen perdices. Supongo que los creadores de tan tiernas historias animadas no querían que el espectador se quedase con “mal sabor de boca”, ni tampoco traumatizar a ningún niño; pero, lo cierto es que, la verdadera historia de la sirenita, tiene un final muy diferente.

Hans Christian Andersen, escritor danés y creador del cuento original, era bastante más realista (salvando que la historia va sobre una sirena y tal…) que la factoría Disney.

Andersen sabía que la vida a veces es dura, y no se esforzó en escribir ñoñerías para los peques de la casa, sino un cuento en el que se recogía esa lección de que no todos los finales son felices.

Así, en la historia original, la protagonista es una joven sirena que vive bajo el mar junto a sus cinco hermanas.

La sirenita rescata a un príncipe de un naufragio y se enamora de él, y, tal y como ocurre en la versión de Disney, le entrega su voz a la bruja a cambio de unas piernas con las que poder conquistar y disfrutar de la vida terrestre. Sin embargo, nada es gratis en esta vida, así que la bruja como condición impuso que, si el príncipe se casaba con otra, la sirenita moriría.

Aunque el príncipe pasa mucho tiempo embelesado con su chica, sin voz pero con piernas, al final, y a diferencia de la famosa película, se enamora y contrae matrimonio con una princesa de otro reino.

La sirenita tiene la oportunidad de romper el hechizo, salvarse y volver al mar. Para ello debe matar al príncipe con un cuchillo mágico, pero ella, muy enamorada, es incapaz de acabar con la vida de su amado y, al amanecer, muere.

Colorín colorado, ni perdices, ni felices.

De ahí que La Sirenita de Copenhague tenga un ánimo diametralmente opuesto a la Ariel de nuestra infancia, pues, como no podía ser de otra forma, esta escultura es fiel al relato del escritor nacional, del cuál además los daneses están muy orgullosos​.

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