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Luciérnaga, esa luz voladora

Recuerdo cómo, cuando era pequeña, alguna vez mi padre hablaba sobre la cantidad de luciérnagas que se veían en una zona actualmente urbanizada de Las Palmas de Gran Canaria, donde hoy apenas queda rastro de vegetación y, mucho menos, de estos insectos tan curiosos.

Con toda esa imaginación que nos regala la infancia, yo me montaba mis películas mentales, en las que me visualizaba a mí misma corriendo por el campo durante la noche rodeada de multitud de lucecillas que volaban a mi alrededor. Un reflejo de la tremenda ilusión que me hacía poder disfrutar de esos bichillos luminosos, de ver alguna luciérnaga.

Pero tuvieron que pasar muchos años antes de que pudiese ver mi primera luciérnaga o, más bien, antes de que ella viniese a visitarme a mí. Fue en Madagascar, en la Île aux Nattes para ser más exacto.

Allí, con densas y escasamente visitadas zonas de vegetación y con una iluminación mínima, cuando la había, al caer la noche, parecía ser un lugar perfecto para cruzarse con alguna luciérnaga.

Sin embargo, había tantísima fauna fascinante que ver en ese país que, sinceramente, no había pensado ni un segundo en aquellos insectos con los que soñaba despierta de niña. Camaleones, lémures, ballenas, tortugas marinas… ¿quién se iba a acordar de las pobres luciérnagas?

Estábamos en nuestro alojamiento, de regreso de un paseo nocturno en el que intentamos ver fauna que está activa durante la noche como, por ejemplo, los camaleones y algunos tipos de geckos.

En la habitación no teníamos luz en ese momento, pues era una cabaña tan preciosa como básica en ese paraíso que es la Île aux Nattes. Así que para organizarnos a la hora de meternos en la cama funcionábamos con los frontales, que nos alumbraban lo justo mientras la mayor parte de la habitación estaba a oscuras.

Entonces, inesperadamente, se cruzó frente a mí una rápida luz que inicialmente pensé que había sido un “efecto óptico” (como decía antes no tenía en mente la posibilidad de ver luciérnagas).

Pero ese aparente efecto óptico volvió a aparecer y esta vez continuó iluminado hasta posarse en la pared. Y entonces caí en la cuenta, ¡era una luciérnaga!

Solté un gritito de emoción que casi le vale un infarto a mi compañera de viaje, que directamente se pensó que se nos había colado una serpiente o algún bichejo desagradable en la habitación (desde ese momento pactamos que cuando algo nos sorprendiera, pero no fuera nada "chungo", habría que decir “beautiful”, para evitar así amagos de infarto innecesarios, jeje).

Pero en ese momento no sabía cómo se decía luciérnaga en inglés y mi amiga es neozelandesa, así que un gritillo (de ilusión) fue todo lo que se me escapó.

Así que nos quedamos un rato contemplando cómo ese minúsculo bichillo que se había colado en nuestra habitación se paseaba por allí iluminando su trasero de vez en cuando. Un encuentro que me trajo a la memoria las historias de mi padre y que me hizo pasarme el resto del viaje muy pendiente de si aparecía otra vez alguna luz efímera en la selva durante la noche.

Alguna más pudimos ver a lo largo del viaje, pero no tan claramente como esa primera luciérnaga, así que no sé si mi imaginación estuvo haciendo de las suyas.

Sin embargo, un par de años más tarde, en Filipinas, sí pude disfrutar de un festival de luciérnagas en toda regla. Lo más parecido a aquellas películas mentales que me montaba de pequeña, con cientos de luciérnagas iluminadas al mismo tiempo en plena oscuridad, contemplándolas mientras surcábamos las aguas de un tranquilo río.

No he visto cosa igual a lo de Filipinas en ningún otro lugar del mundo, pero después de esa experiencia sí he podido ver alguna que otra luciérnaga en Cuba, concretamente entre los imponentes mogotes de Viñales.

Y tú, ¿has visto luciérnagas? ¿en qué lugar del mundo te has encontrado con ellas? ¿no te parecen curiosas y muy especiales? 

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